domingo, 24 de noviembre de 2013

Las cosas que perdimos en el fuego

Suena: Paints - The Paper Kites


Las hamburguesas con queso: esa es la clave de la vida. Pero las hamburguesas con queso americanas, comidas en Estados Unidos, son la clave de mi vida. Y si las hamburguesas con queso americanas comidas en suelo americano se comen en un coche por una carretera americana, podría morir tranquilo. 


Las carreteras tienen un aire de inmensidad que las hace atrayentes, casi místicas. Cada carretera y cada paisaje exigen una banda sonora diferente. Las personas que viajan en el coche y el destino del viaje también influyen en la elección de la música. 

Hace unos años, no recuerdo cuándo ni dónde, me pareció una buenísima idea seleccionar mis canciones, mi banda sonora; seleccionar la música de las carreteras por las que conduciría. Creé una lista de reproducción con mi nombre -no era egocentrismo, era despiste-, e incluí varias decenas de pistas que en ese momento consideraba esenciales. Eran de esas canciones que llevabas en el iPod y no daba vergüenza enseñar, y que incluso gustaba mostrar. Esas canciones no las conocía mucha gente -de mi entorno adolescente, claro-, y yo me sentía bien habiendo descubierto a grandes artistas que cantaban para mí y ponían música "hors cadre" a mi día a día.

La lista de reproducción iba aumentando cada vez que descubría alguna canción digna de las carreteras y de mis futuros viajes. Delta Spirit, Explosions in the Sky, Howie Day, Damien Rice, Band of Horses, William Fitzsimmons, Ray Lamontagne; y hasta Zac Brown Band o Amy Winehouse. Algo había ahí que me gustaba para descubrir el mundo.


Hace no mucho volví a encontrar 'Ricardo', la lista de temas que mi 'yo adolescente' había creado para mi 'yo presente', ya conductor. He de decirle a ese chaval que tenía buen gusto, incluso mejor que el que tengo yo ahora -aunque a veces se hacía el guay, y buscaba canciones de más para que su banda sonora molara lo máximo posible-. Le he dado a play y he sentido necesario escribir aquí unas cuantas cosas. Aunque no esté en la carretera, sí que he viajado mucho desde entonces.

Primero: Luis Ramiro dice que "la inocencia solamente se pierde una vez, lo demás son tristes fotocopias malas". Ni lo demás son fotocopias, ni tienen porqué ser malas. Y todos seguimos siendo inocentes aunque juguemos a no serlo conduciendo por las carreteras y mirando a esos chavales de Salou que un día fuimos por encima del hombro. Tomando unas copas con los amigos, las batallas de antaño son recordadas con muchísimo cariño; quizás, son más recordadas de lo que algún día fueron vividas. Parece que todo son viejos recuerdos, viejas locurillas de nuestros 'yo adolescentes'. Ahora somos demasiado serios y demasiado mayores. Todo lo perdimos en el fuego. 


El problema aquí es el mismo que tengo siempre: que soy un cabezón. Lo único que hemos perdido en el fuego es la inocencia que algún día falsamente se nos impuso -si es que hemos perdido algo-. Al igual que 'Ricardo' va a ir haciéndose cada vez más grande con nuevas canciones -me he comprometido a crear la "banda sonora definitiva, the ultimate remix fuck yeah"-, nosotros vamos a vivir de todo lo que nuestros 'yo' comieron y vivieron; vamos a vivir de todo lo que estamos comiendo y bebiendo. Desmerecernos es desmerecer demasiadas cosas.

Segundo: algún día, puede que lejano -mucho- conseguiré grabar esta banda sonora en formato físico -unos cuantos CDs- y recorreré carreteras con quien quiera acompañarme. La banda sonora dependerá de la vía, del destino, y dependerá de quien viaje conmigo -separaré la lista en diferentes volúmenes-. Lo que está claro es que mi 'yo adolescente' estará contentísimo, y yo también lo estaré.

Tercero y último: en ese futuro viaje ninguno podremos mirar atrás y quitar la vista de la carretera. Además de para evitar posibles accidentes, porque lo que fuimos una vez tendrá la misma importancia que el queso fundido de la hamburguesa: servirá de unión, pero no dará sabor a nada. Estará estrictamente prohibido mirar atrás. Supongo que la imposición hará que nos perdamos parte del paisaje, o parte de aquella vía; pero esto será lo único que perdamos. Tú, las hamburguesas, yo. Y nuestra banda sonora seguirá sonando hasta que algún día podamos recordar todo con más emoción de la que tuvimos al vivirlo. No sé si descubriremos el sentido de la vida, o la clave de nuestra existencia. Pero la hamburguesa estará de puta madre. Cocinada a fuego lento, por favor.


Otra lágrima,
otro llanto,
otro lugar para morir.
No es complicado. 

domingo, 9 de junio de 2013

Como la horchata

No hay nada mejor. No hay nada mejor. No hay nada mejor. ¿Lo entiendes o no? Va, lo repito. No hay nada mejor.


Gritar. Gritar en la primera bajada de la montaña rusa, o en el primer looping. Gritar con los pies descalzos, empapado. Gritar desde arriba, gritarle al mundo desde un columpio. Gritar con un calimocho, desde lo alto de una escalera. Gritar tumbados en las plazas de Madrid. Gritar y tocar chufa. 

Gritar después de escribir una canción. Gritar, bailar. Gritar y sentir el viento desde el mirador más bonito de la ciudad en la que estemos. Gritar y zambullirnos debajo de la cascada. Gritar y beber chupitos, y beber otro chupito, y beber otro más. Gritar y despertar rodeados de desconocidos. Gritar y correr con cara de esfuerzo. Gritar y perder el autobús. Gritar y perder el metro. Gritar y sudar. Gritar y quedarnos sin aire acondicionado. Gritar y sudar; sudar mucho. 

Gritar con una cerveza en la mano. Y otra. Y otra más. Y pasar a los cubatas. Gritar viendo amanecer desde la playa, aquella playa, nuestra playa. Gritar y ver cómo nuestros amigos se zambullen en el agua. Gritar mientras los primeros rayos de sol acarician nuestras mejillas. Gritar con cada canción, con cada película, con cada nuevo capítulo, con cada libro, con cada final. Gritar en las hamacas de un jardín. Gritar y que se haga de día, una vez más. Gritar y que los vecinos nos lancen botellas de cristal de tanto gritar. Gritar y ahogar las penas en el balcón, con alcohol; siempre con alcohol. Gritar y fumar, porque sabemos que John Lennon no murió. Gritar porque somos estúpidos, estáticos; gritar porque conjugamos el verbo ayer.


Gritar porque no importa nadie ni nada más. Gritar porque estamos vivos. Gritar porque estamos a salvo. Gritar porque somos verano, porque somos hielos y porque somos terrazas al sol. Gritar y sentir que si esto es vivir, quiero estar vivo eternamente. Gritar, porque al fin y al cabo, somos como la horchata.

sábado, 8 de junio de 2013

Dame paz y dime tonto

Las cosas claras y las vías estrechas, siempre ha sido y siempre será así. Las caras bonitas y las conversaciones de cuchillo, de motosierra (maldición). Que si doy de comer me voy a quedar sin brazos. Me estoy quedando sin brazos.

Dicen que la vida son dos días, y uno de ellos lo habré pasado deteniendo el tiempo. Pues arranca y vete, que me bajo. Arranca y vete lejos, donde por lo menos se me olvide odiarte. Que si el karma es injusto no voy a dejar que lo sea conmigo. Y si al final lo es, le pegaré un grito. El puto grito que siempre ha merecido. Que tiene que haber mejores soluciones que una canción de mierda a horas intempestivas de la madrugada para encontrar la redención. En realidad, la redención siempre fue la rendición.


Garantizar que lo sé, que lo escuché, que lo entendí. Y gritar al aire que como yo, nadie. Y entender que la vida no son dos días, que la vida no es nada si no me dejan vivir. Que la vida es tiempo que detengo, y espero que algún día se pare también conmigo. Espero que nos echemos un café, me mire y me sonría: “Tenías razón, siempre tuviste razón”.

Que pueden hacer lo que quieran, como quieran y cuando quieran; porque la cueva, mi canalización y mis ganas de escapar nunca se irán (hasta que yo me vaya, claro). Y como quien visita una ciudad ajena, desde lejos y con ojo crítico, lo observaré todo desde más allá, o desde más aquí. Una excursión a las entrañas para evidenciar lo de siempre: dame paz y dime tonto.

Y.

Gira. Date la vuelta y vete. Y no vuelvas. Y ya está. Y punto.


jueves, 30 de mayo de 2013

En la arena

Como cuando es de noche, a estas horas más o menos, y no puedes –debes- tocar la guitarra. Como cuando no queda leche fría en la nevera. Como cuando alguien trota –la gente que trota debería estar prohibida-. Como cuando alguien silba y no sabe silbar. No silbes. No sabes. No silbes. Como cuando… como el café recalentado. Jamás. Como la ensalada de pasta sin palito de cangrejo, ¿¡pero eso qué es!? Como el culo de la cerveza. Babicas. Ñam. Como el culo de la coca-cola. Sopica. Ñam.


Como cuando hace frío y la calefacción no va. Como cuando te das con el borde de la cama, de la silla, de la estantería; con cualquier borde. Como cuando se funden las bombillas. Como cuando no hay agua caliente. Como cuando la radio decide poner tu canción favorita antes de salir del coche. Como cuando el único sitio libre en el autobús es al lado de la persona más inquietante que has visto y verás.

Como cuando vas a la playa y terminas con arena hasta en las orejas. Como cuando los grifos para lavarte la arena de los pies son una puta farsa y no funcionan. Como cuando te pones las chancletas y aquello raspa, raspa mucho. Como la puta arena. Como el asfalto recalentado durante varias horas al sol. Como el barro. Como los cardos del campo. Como Blesa.

Como cuando se empezó a hacer de día. Como cuando no querías dormir, ni irte, ni quedarte. Como cuando no sabías ni lo que querías. Como cuando por fin te fuiste. Como cuando al final volviste.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Astronautas

Quiero pensar cuando leo aquello que lo escribiste por y para mí. ¿Para qué? Pues para nada en realidad, y para todo un poco. Para saber que aquel Tengo que sacar dinero, hoy invito yo valió de algo. Para saber que aquella noche puso el listón demasiado alto para todas las que después vendrían.


Para saber que el viaje de vuelta mereció la pena, cuando pensábamos que estábamos rozando el cielo. Para saber que aquel parque y aquella música -que tan bien cantabas, por cierto- siguen donde se crearon. Y para darme cuenta de que, si hubiéramos querido, podríamos haber seguido jugando a conquistar la ciudad, el país, el mundo, la luna. Podríamos haber sido, por mucho tiempo más, aquellos bobos astronautas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Entre fotos


Seguro que no te acuerdas, pero yo hoy me he vuelto a acordar de ti. Creo que son tus gafas, o esa sudadera tan chula. El hecho es que me he vuelto a acordar de ti (bueno, en realidad fue ayer. Hoy lo plasmo aquí).

Era lunes, y ese día madrugué. Madrugué mucho. No quería llegar tarde otra vez. Me hice un café, de esos solubles que tanto asco me dan. Luego me hice otro. Y otro más. Y salí de casa. Y estaba lloviendo. Y me cagué en todo. Y mientras cruzaba el puente me acordaba de la madre de mucha gente.

Llegué allí y estaba lleno. No sabía donde estaba la entrada, ni la recepción. Me lancé a la aventura y abrí una puerta. Mal hecho; esa no era. Cuando encontré la puerta ya estaban todos allí, esperando. Estaba tan solo que me daba vergüenza dejar el abrigo en el perchero. Pero soy un valiente, claro que sí, y me decidí.

Cojo la percha, dejo el abrigo, y aparece aquel señor raro que vi por primera y última vez, que me da dos besos. Los dos besos belgas. Esos dos besos. En serio, nunca me voy a acostumbrar.

Bonjour! dos besos, y se va. Y yo me quedo ahí, sosteniendo la percha, creyendo que el mundo se ha vuelto un poco más loco.

Dejo la percha y me voy lo más lejos posible del señor siniestro. Y me encuentro con mis compañeros, menos mal. Segundo error. Ellos estaban más perdidos que yo.


Empezamos la visita, tras haber pagado la entrada (y haber encontrado previamente la taquilla) y a los diez minutos ya no prestaba atención a nada. La visita estaba bien, entiéndeme, pero el francés y yo no nos llevamos del todo bien (y por aquel entonces menos todavía). Me dediqué a dar vueltas y vueltas viendo las fotos. Tú te dedicaste a dar vueltas y vueltas mirando al techo. Nos dedicamos a dar vueltas y vueltas hasta que terminamos en aquella sala de proyección.

Una película sin diálogo, imágenes de policías y música de suspense. Algunos bancos raros y mucha gente. Me senté en la tercera fila intencionadamente, porque estabas cerca. Me senté con las manos por detrás, apoyadas en el mármol, como si ese enorme banco fuera un césped. Te sentaste al lado y adoptaste la misma posición. Y yo, aún no se por qué, me puse un poco nervioso.

La proyección seguía y todos nos dimos cuenta de que eso era una pérdida de tiempo, un truño considerable a los telefilms del domingo de Antena 3. Y la gente se empezó a ir y todo comenzó a estar más tranquilo; y antes de darme cuenta estábamos los dos solos en aquel sitio. Nuestras manos estaban muy cerca, tan cerca que me apeteció dártela. La proyección terminó y la sala se quedó únicamente iluminada por esas patéticas luces que indican la salida de emergencia. Tú te reíste, con la mirada fija en aquella pantalla que ahora no mostraba nada. Yo me reí. Y la proyección volvió a empezar.


Ese era el momento en el que una persona normal tenía que preguntarte el nombre, o gastar alguna broma sobre lo precioso que era aquel vídeo de los policías. Pero no. Yo, como buen valiente, me levanté y huí. Tienes que saber que soy un torpe, es así. Si me hubieras conocido sabrías que es verdad, que soy un torpe.

De hecho soy malo para muchas cosas, muchísimas; entre ellas recordar la ropa que la gente lleva puesta.

¿Has visto el pañuelo que llavaba puesto ayer?, me preguntan a veces. No, respondo; sin tener ni puta idea de qué pañuelo es.

Resulta que me acuerdo de todo lo que llevabas puesto. Me acuerdo de tus gafas de pasta negras (una hipster, pensé), me acuerdo de tu sudadera negra con mangas larguísimas, que solo dejaba que se te vieran las puntas de los dedos; me acuerdo de tus pantalones pitillo; me acuerdo de tus Vans de color verde; me acuerdo de tu pelo rubio. Y me acuerdo de haber pensado que hacía meses que no veía a alguien tan interesante.


La visita siguió, y nosotros nos seguíamos cruzando por las salas del museo. Nos volvimos a quedar solos en otra sala, y esta vez me dejaste ver tu sonrisa. Y yo te dejé ver la mía. Pero cada uno seguimos a lo nuestro.

Nunca nos preguntamos el nombre, y nunca te lo voy a preguntar. Nunca. En ningún sitio. No te voy a volver a ver, ni tampoco lo pretendo. Hay cosas que son así, y así serán; igual que tú siempre serás la chica que me sonrió en aquel museo. Pero cuando me encuentro frente a alguna foto de esas que vimos juntos me vuelvo a acordar de ti, es inevitable. Es inevitable que a veces recuerde esas gafas, ese pelo, esa sudadera, ese pantalón, esas zapatillas. A veces es inevitable que, al leer estos apuntes, me acuerde de ti. Es inevitable, porque estás entre las fotos.

jueves, 9 de mayo de 2013

El sofá



Es mayo de 2013, faltan menos de veinte días para cumplir los 21, faltan menos de dos meses para que termine el Erasmus. Llevo pensando un rato y no sé qué dato me da más miedo. La última vez que escribía aquí era Noviembre, y por aquel entonces me creí de verdad (en serio, me lo creí) que podía crear algo así como un blog de mi vivencia Erasmus. Colleja y pa’ mi casa.

Toca noche nostálgica, así que a agarrarse. Han pasado casi seis meses, y todo ocurre tan rápido que no me da tiempo a darle la importancia que merece. Porque ahora mismo estar sentado en mi cuarto en un sofá que robé de la calle parece lo más normal del mundo, y cuando alguien me mira raro por hacerlo no me puedo creer lo que oigo:

"¿Un sofá? ¿De la calle? Lo habrás lavado".

Está nuevo, afirmo yo. Además es bonito, reitero. Queda muy bien con la alfombra que también nos encontramos.



Y cuando lo pienso fríamente, si hace diez meses me cuenta alguien que duerme la siesta en un sofá que se encontró en la calle, puede que no me resultase lo más normal del mundo. Pero claro, eso era hace diez meses.

Porque hace diez meses, uno no había estado en Maastritch y había flipado con los métodos holandeses de las rampas para subir y bajar las bicis. Qué perfección, qué calidad. Porque hace diez meses uno no había viajado a Budapest de empalmada, ni tampoco se había encontrado a su amigo en pijama en la avenida nada más llegar a la ciudad. Amigo que, por cierto, reservó el apartamento de esa guisa.

Porque hace diez meses, en realidad, uno no sabía ni dónde estaba Lieja; no sabía ni si una ciudad con ese nombre existía de verdad. Porque hace diez meses esperar a un tren en Maastritch junto a terroristas y asesinos no era una opción ("¡Los maté con mis manos!" = miedito). Porque hace diez meses, uno no había hecho botellón en la Grand Place de Bruselas.

Porque hace diez meses nadie cogía un avión para venir a verme; porque hace diez meses cogía un jodido autobús (y daba pereza hacer trasbordo). Porque hace diez meses, Madrid era el paraíso y era a la vez el fin del mundo. Nuestro paraíso y nuestro fin del mundo.

Porque hace diez meses, uno jamás había celebrado Halloween; porque hace diez meses uno jamás había celebrado Halloween en un barco/crucero por un río cantando a voces “Let’s go to the kot, kot”. Porque hace diez meses uno no había tenido que matizar la palabra “celebrar” refiriéndose a una noche de Halloween.

Porque hace diez meses, el calimocho era norma y ahora es lujo; porque hace diez meses a uno no le salía (aún) cerveza por las orejas. Porque hace diez meses las cachimbas y las cervezas en el bar más molón de Budapest eran más ilusión que opción; porque en realidad hace diez meses Budapest nunca fue opción. Porque hace diez meses aún no me habían timado haciéndome entrar a un bar de hielo. "Hay música, entremos. Oh, wait…".

Porque hace diez meses no nevaba y siempre hacía viento, mucho viento. Porque hace diez meses el cielo nublado era la excepción que confirmaba la regla. Porque hace diez meses no era posible que apareciera Spiderman y toda su familia en tu casa con intención de comerte por la noche; porque hace diez meses uno no vivía en una casa con riesgo de derrumbe. Cour Petit 4eva.


Porque hace diez meses París estaba muy lejos y un apartamento en el centro no podía ni existir. Porque hace diez meses uno no había vivido en la calle más bonita de la ciudad. Porque hace diez meses no sabíamos qué cojones era eso de la Santa Capilla, y ahora tenemos fotos personalizadas (Yop Santa Capilla). Porque hace diez meses no nos habíamos quedado embobados con las vistas desde el Arco del Triunfo. Porque hace diez meses no estábamos mojados, helados y cansados pensando que jamás habíamos visto algo tan bonito.

Porque hace diez meses uno no había pasado una noche en un aeropuerto por confundirse con los billetes de avión; porque hace diez meses uno no se había emborrachado en un aeropuerto. Uno no había llegado a su ciudad de destino tras dormir 2 horas, se había duchado y había salido como si no hubiera mañana. Uno no sabía que Praga molaba tanto. Porque hace diez meses uno no había estado viendo esta ciudad desde lo alto de una discoteca. Porque (dato importante) hace diez meses uno no había rodado por las escaleras de la discoteca más grande de Praga debido a su estado de embriaguez. Porque “¿Áve?” y porque “You Dgrunk”.

Porque hace diez meses, a Ámsterdam no se iba y se volvía en el día; porque hace diez meses no se dormía en las plazas de Ámsterdam. Porque hace seis meses no me iba a Bruselas a ver conciertos. Porque hace diez meses nunca se me hizo de día escribiendo un post.

Y claro, después de tanto, coger un sofá del suelo es la más nimia de las posibles acciones a realizar. Y el sofá es cómodo, y me gusta (nos gusta) y hasta que no encuentre un dueño mejor en el mercado de segundo mano aquí se va a quedar. No Phillipe, no va a ser para ti.

¿Lieja es bonito?, me preguntan. Pues claro que no, hostias. Es un puto infierno gris. Pero es nuestro puto infierno gris. Y así va a serlo hasta julio, o hasta septiembre, o hasta que podamos recordar.

Es mayo de 2013, faltan menos de veinte días para cumplir los 21, faltan menos de dos meses para que termine el Erasmus. Pero ahora mismo da igual. Porque este sofá y este cuarto molan mucho (arañas incluidas), porque esta casa es mi casa y porque esta ciudad es un poco mía. Y porque, qué cojones, hace diez meses eran nadie, y ahora simplemente son. Porque hace diez meses quería ser periodista y ahora simplemente quiero ser.


Porque ahora mismo no hay otro lugar mejor que este jodido sofá.





lunes, 19 de noviembre de 2012

Liège, la cité ardente


Aquí estamos. Tú, convencido de la vida de irte a dormir porque mañana madrugas, que hay clase y llevas tres semanas sin ir a esa asignatura; porque te has perdido por la facultad o porque te has quedado durmiendo, el caso es que no tienes ni puta idea de Historia de la Fotografía. Pero, ¿cómo vas a ir a clase con las uñas pintadas de negro y con un mensaje en el brazo pintado con permanente que dice “Hola, soy Ricardo. Si me pierdo llama a este número”? Eso no se puede consentir, no señor.

Así que sí, aquí estamos. Con quitaesmalte y algodón peleándome con el pintauñas de mi disfraz de gótico, que ni fue disfraz ni “intento de”. Ni siquiera fue. Y entre algodón y algodón, y algún que otro chute que me meto esnifando quitaesmalte, he dicho, oh, sabio de mí: “voy a escribir en el MacLarens”. Ouh yeah.



Porque soy un chulo, y si es así se dice. Y punto. Y convierto un blog muerto (putrefacto, con gusanos, a dos metros bajo tierra [WIN]) en un blog muy vivo sobre mi experiencia Erasmus en una de la ciudades más peligrosas de Europa. Qué intensidad poética, qué violencia verbal, qué de todo.

Porque claro, tú vienes a Bélgica decidido a aprender francés y a vivir en una ciudad BIEN, una ciudad centro-europea de esas que molan. Y cuando llegas aquí ves que la ciudad no es tan fea como te decían, pero tampoco tan bonita como tú querías. Y tú, estúpido como solo puede serlo un Erasmus español, no habías buscado nada sobre la ciudad. Es entonces cuando una compañera andaluza te dice: “pues es una de las ciudades más peligrosas de Europa”. Entonces sonríes forzosamente, levantas el dedo pulgar de la mano derecha en señal de aprobación y dices un: “bueno, no será para tanto, jeje”; mientras por dentro piensas: “sálvame Superman”.



Pues eso, que aquí estamos; dos meses en Lieja (Bélgica), y aún parece que fue ayer cuando llegué a esta casa. Ese día en el que el casero se llevó el microondas “para arreglarlo en unos días”. Y digo que parece que fue ayer porque ese microondas anduvo perdido por el mundo encontrando dueño. El dueño soy yo, pero Philippe  es así. Un minuto de silencio por ti, oh querido electrodoméstico.

Parece que fue ayer cuando fui a la universidad a inscribirme como estudiante Erasmus. Qué profesionalidad, qué maestría, qué temple, qué presencia. Abrumado estaba yo con todo eso. Gente óptica, eficaz y eficiente atendiéndome como estudiante. Esto era algo nuevo. Y la magia universitaria se rompe cuando llega Delphine, tu nueva coordinadora, y te jode la vida cambiando los créditos de tus asignaturas y sonriendo mientras dice lo mucho que lo siente.



Parece que fue ayer cuando me robaron el abrigo en Le Carré, ese sitio por donde sale la gente de Liège: mitad fiesta mitad junglasalvajesálvatecomopuedasporqueestanochemueres. Ese sitio lleno de fauna peligrosa y gente de esa que solo ves en las películas o que directamente crees que no pueden formar parte del mismo mundo que tú. Que si ves a un señor sangrar por la cabeza huyendo de sus matones, tú sigues tranquilo hacia el Point de Vue (eso sí, pasando antes por un paqui a comprar una Carapils). No, en serio, en realidad Le Carré mola, pero ni se te ocurra pasar el viernes por allí.

Y entre fiesta y fiesta; entre estudio y estudio (juas), le vas cogiendo cariño a la ciudad. Que es gris, que sí, que ya lo sabemos; que no es una ciudad turística, que también lo sabemos; que la gente es rara, que sí, que ya, que vale. Pero en Liège se respira un “no sé qué” del que no te puedes desprender, algo que huele así como a cerveza + independencia + qué alternativo es todo.



Porque esta, sin quererlo, se convierte en tu ciudad. Y da igual si es fea, negra, gris, peligrosa, pequeña, grande o si es una ciudad fantasma; es tuya y ya está.

Así; con Ryanair, cervezas, bufandas, mantas, música y compañía ejemplar van pasando los días, envueltos y bañados todos en ese “no sé qué” que no puedo parar de sentir. Todo para convertir mi casa, mi ciudad y mi gente en mi experiencia Erasmus. Todo, absolutamente todo, para convertir "esto" en mi año.


lunes, 16 de abril de 2012

'Up All Night'... ¿quién?



Con Christina Applegate, Will Arnett y Maya Rudolph como protagonistas, muy mal hay que hacerlo para no troncharse con una sitcom. ‘Up All Night’ lo ha intentado, y los actores han estado sublimes, pero… pero es que el guión no daba para más. El resultado: una pasable comedia de corte familiar que podría haber sido grande pero se ha quedado en un mero intento de dar el pelotazo. Y esto, lo que podría haber sido, es lo que más rabia da.

La serie se centra en un matrimonio, Reagan (Applegate) y Chris (Arnett), que se convierten intencionadamente en padres primerizos. Una premisa muy sencilla y manida pero que podía dar lugar a muchos gags y situaciones divertidas (todas esas que plagan las series “con bebé”). Por ahí anda Ava Alexandre (Rudolph), presentadora de un talk-show televisivo, donde Reagan ejerce de productora-guionista-showrunner. 


Si bien los primeros capítulos se centran en la vida cotidiana con el nuevo bebé (adorable Amy) luego la serie se pierde, y ahí ha seguido perdida y sin saber qué hacer hasta el final de temporada. Curiosamente las escenas más graciosas tienen lugar en las oficinas del programa de televisión, con una Ava sembradísima y loquísima y una Reagan que desprende química por los cuatros costados. Al cóctel se suman la secretaria o el amante extranjero de Ava. Secundarios que están siempre en el límite, al igual que el trío principal. Un quiero y no puedo continuo. Un “quiero hacer reír pero es que, mira, en serio, el guión no me lo permite”

El problema es que se nos había vendido una serie “con bebé” (que sí, que seguro que sabéis a lo que me refiero). Familiar, sí, pero divertida (las promos me parecían delirantes). Además el opening nos presenta a unos padres juerguistas, razón de más para tenerlo difícil arreglándoselas con su nuevo retoño. Pues bien, creo que son dos los capítulos en los que salen de fiesta por ahí, y el bebé queda en un segundo plano (o tercero) y casi ninguna trama está centrada en él (ella). Sinceramente, no sé qué tiene que ver el título del producto con lo que ha sido al final. Ni noche, ni juerga, ni bebé molesto, ni padres con ojeras ni nada de nada. ¿Up all night?¿En serio?¿Quién?


‘Up All Night’ ha ido dando tumbos sin encontrar muy bien su sitio, desaprovechando enormemente la capacidad cómica de todos los actores. Existía un potencial enorme, y la química entre todos ellos es genial; desgraciadamente no sabemos bien a qué han jugado los guionistas. Cambiando la ‘premisa’ de la serie a mitad de temporada e incluso cambiando el opening, el espectador, que estaba ya aburrido, se ha confundido y ha dejado de verla. Intentaron mejorarla, pero nunca ha terminado de despuntar.


Lo peor es ver que siempre se queda a medias. Que siempre saca la sonrisa pero nunca llega a hacer reír. Que podría haber creado ese “universo” que tanto gusta en las comedias (hablo de eso que tienen ‘How I Met Your Mother’, ‘Cougar Town’ y ahora empieza a tener ‘New Girl’). Porque es genial que una escena subida de tono esté intencionadamente pixelada. Y también es genial que cada insulto que salga por la boca de alguno de los protagonistas sea censurado con el molesto pitido. Esos pequeños detalles son los que convierten a una serie más, en un producto televisivo con identidad propia; y este ha sido el gran fallo de ‘Up All Night’. La materia prima era buena. Qué digo, buenísima; pero no se ha sabido aprovechar y el resultado ha sido mediocre (que no malo, ojo).


A pesar de todo, la serie es disfrutable. Se sustenta completamente en las tablas de los tres protagonistas, que, dentro de sus posibilidades, consiguen crear personajes entrañables. Además, Maya Rudolph va de cabeza (con gafas y gorro de natación) hacia la nominación en los Emmy como mejor actriz de reparto en el terreno de comedia. Actores enormes, personajes flojitos.

Yo me quedo con las caras de Reagan y sus escenas con Chris, y con ese finalazo que se marcaron con el 'Total Eclipse of The Heart'. Y con lo entrañable de esta pareja y lo bien que quedan juntos. Y con los vecinos tocapelotas, y con 'Earl' juntándose con Alexandre... en definitiva, con la sonrisa que siempre consiguen sacar. Y sobretodo, me quedo con Ava y el vídeo homenaje al difunto compañero de trabajo (ese momento, en uno de lo primeros episodios, sí que me sacó una enorme carcajada. EL gag, EL momentazo de 'Up All Night').

El último capítulo servía como cierre perfecto a la larga temporada (24 capítulos, ahí es nada) y aún no sabemos cuál será su futuro. Si los responsables (NBC, en serio, sienta la cabeza ya) se dan cuenta de todo lo que les queda por pulir y vuelve con una segunda temporada, la recibiremos de buena gana. Si no, no la echaremos demasiado de menos. 



PD: Christina Applegate, lee detenidamente los guiones antes de aceptar un proyecto, por favor. Ya vimos lo que te pasó con 'Samantha Who?'...

martes, 27 de marzo de 2012

'Skins’: “goodbye”



Me imagino a Bryan Elsley y Jamie Brittain en un cuarto con poca luz, fumando; fumando sin parar. Alguna botella de alcohol, supongo que vodka, y restos de las juergas que se habían corrido la semana anterior. El cuarto está en un edificio a las afueras de Bristol, y allí el cielo siempre está encapotado (aunque a veces es de un azul que da miedo) y los colores siempre son preciosos.

No sé quién empezó, si Bryan o Jamie. El caso es que estaban los dos solos, en una habitación oscura, y el primero le dijo al segundo: “Vamos a hacer una serie de adolescentes”. El segundo, extrañado, le contestó: “¿Otra?”. El primero insiste: “Sí, pero esta va a ser diferente. Van a ser adolescentes de verdad, atormentados; atormentadísimos. Va a haber drogas, y sexo, y peleas, y escenas durísimas”. Ante estas declaraciones, el segundo se queda un poco confuso, aunque le encanta la idea. “¿No nos censurarán?”, pregunta. “Me la suda- responde el primero- esto no es España”.

Y así nace Skins. Bueno, así es como me imagino que nace Skins. De la mente de dos jóvenes prometedores que deciden romper moldes, y que se reúnen de un equipo de gente joven para crear un drama joven. El resultado lo comienza a emitir E4 en Enero de 2007, y la jugarreta se ha llevado, a día de hoy, dos Premios BAFTA y gran cantidad de reconocimientos por todo el globo.


La pregunta: ¿por qué hablo de ‘Skins’?. La respuesta: porque la serie, como tal, ha terminado para siempre. 6 temporadas, 3 generaciones, 55 episodios y 28 personajes después, Skins dice adiós. Se despide en lo más alto, en la cúspide de calidad donde solo ‘Skins’ se podía despedir. Pero aunque nos joda, mejor ahora, mejor un adiós dulce ahora que uno de esos que se nos atragante y nos pueda saber un poco a ‘Misfits’ y a su tercera temporada. Eso no, por ahí no paso.



Todo empezó con unos ojos, con una mirada que nos advertía de que nos íbamos a meter de lleno en el juego; todo empezó con él. Tony nos miraba en el segundo uno de la serie. Y desde ahí, one by one. Episodios de personajes o personajes por episodio. Cada uno nos contaba una de sus historias, cada uno nos ponía en una piel distinta. Y así vinieron Cassie y Sid y Michelle y Maxxie y Jal y Chris y Anwar y Effy y todos juntos y revueltos y mojados en un lago tras tener un accidente con una furgoneta. Y es ahí cuando nos damos cuenta de que estos chicos son un desastre, pero nos caen bien. Ya nos hemos sentido un poco de cada uno, y así va a seguir. Pero esta panda de chavales de Bristol nos va a hacer sufrir, coño que si lo va a hacer. Y se desencadenó la hecatombe.

Y Tony está en el suelo, y sangra. Y Effy lo tiene en brazos, y grita, con ese gesto de esperpento que nunca supimos bien si era rabia, alegría, dolor, o el inicio de una locura que no terminaría nada bien; puro Valle-Inclán. Y Sid canta, que joder, que este mundo es duro. Coño. Baby baby it’s a wild world. Tony también canta, tumbado en el suelo: para él el mundo si que ha sido jodidamente salvaje. Desde entonces, este momento pasa de escena a hito, de hito a mito. Y ‘skins’ nos gana, y aplaudimos, y nos encanta. Y a la crítica le encanta y nosotros más encantados todavía.


Luego vendrá la recuperación de Tony (en la segunda temporada) el adiós y hasta la eternidad de Chris. Vendrá la nueva pareja: Nueva York y Cassie; donde nacerá y se perpetuará la otra por excelencia: Sid y Cassie. Pero luego vendrá Effy. Viene Effy, tumbada en la cama de Tony, su hermano, y la cámara se fija en sus ojos. Azul mar, azul cielo, azul hipnótico, azul qué se yo. Azul Tony coño. Nos mira, como lo había hecho su hermano. Pero ahora nos sonríe, y esta vez nos reta de verdad: “Prepárate para lo que viene, porque mírame. Tengo pintas de estar loca, y estoy jodidamente loca”


La muchacha estaba, efectivamente, jodidamente loca. Con ella (y con Pandora rescatada de un capítulo de la segunda temporada), comienza la segunda generación (y la tercera temporada).‘Skins’ se reinventa, y la jugada sale bien. Todo es más extremo, más duro. Tenemos más drogas, más sexo, más pasión, más amor, más llanto y más de todo. Pero ese más de todo incluye más fallos (pequeños) de guión y más incoherencias. Pero nos da igual. Esta generación nos trajo a Naomi Campbell (grandes) y a su enamorada enamoradísima Emily, la gemela gemelísima de Katie (Katie Fucking Fitch señores). El trastornado JJ y sus dos colegas: Freddie y Cook. Estos dos últimos, las dos puntas del triángulo que tendrá por punta la cabecita loca y el cuerpazo de Effy Stonen. Hasta aquí, ‘Skins’; a partir de aquí, locura.

La cuarta temporada nos llevó por unos atisbos de demencia desconocidos. El centro era Effy, jodidamente loca, y el resto seguían la historia arrastrados por una espiral de tristeza y depresión que comienza con la muerte de una estudiante en una discoteca. Y todo para terminar con Freddie perdiendo totalmente la cabeza (pero a hostias y a batazos. Que en paz descanse), a Effy loca ya del todo con un psiquiatra al que enamora perdidamente (y ejecutor de Fred) y a Cook enterándose de la muerte de su amigo y vengándose del tipejo psiquiatra malo malísimo y criptonita de su amor por la chica con ojos azul mar, azul cielo, azul qué se yo.


Cook, uno de los grandes personajes de 'Skins', cerraba la segunda generación con su himno y canto de guerra: “I’m Cook!”. Y con un final más abierto que cerrado, se nos iba otra generación, un poco menos afortunada que la anterior pero igualmente cojonuda.

Es entonces cuando la serie nace otra vez, y pare una tercera generación de jóvenes alcohólicos, fiesteros, llorones y depresivos a más no poder. Y señores, qué generación. Qué capítulos, qué personajes, qué todo.


Franky, medio chico medio chica, medio loca medio cuerda, medio… bueno, que no sabemos ni lo que es (¿utilizo el género neutro?). Frakie llega nueva al instituto, y allí se encuentra con las más bitch entre lo bitch: Mini y Liv. Con ellas, la angelical Gracie. Por ahí anda Nick, el guaperas novio de Mini; y un poco más allá, los colegas entre los colegas: Alo y Rich. Todo se desmoronará un poco cuando llegue Matty, hermano de Nick, tan raro tan raro tan rarísimamente extraño que conseguirá que Franky se interese por él.

Y se gustan, y se pierden en sus juegos de pasiones. Y Rich y Gracie se enamoran, y él le declara matrimonio. Y Liv se emborracha y se pierde con Matty disfrazada de perros por Bristol. Y Mini se acuesta con Nick por no sentirse mal consigo misma y un paso por detrás. Y Alo sigue en su granja virgen, casi tan virgen como él. Una cojonuda, estupenda y casi perfectamente ejecutada quinta temporada dice adiós con la boda de Rich y Gracia (tras Sid y Cassie el mejor y más verdadero amor de Skins).


Pero la señora Franky, que aún seguimos sin saber bien quién, qué o cómo es, seguirá siendo una fuente de cosas rarunas y lo empezará a ser de problemas. Que si Mini por aquí, que si Matty por allá; que si me voy a Marruecos y me tiro a un traficante para que luego me someta y me pueda pseudoviolar a gusto mientras me meto en peleas y el hermano de Matty, Nick, se enamora de mí y voy a sus brazos porque estoy más perdida que Mini en las pajas de Alo (las de la granja, por supuesto).

En la sexta temporada creíamos que no lo iban a hacer, pero lo hicieron, y nos la metieron doblada (Alo a Mini, pero esta recta y con pasión). Gracie se nos va, y se rompe un amor tan puro, tan poético y tan bello que la luz de la tercera generación se va, y todo se vuelve gris, negro y chungo. Muy chungo. Y así, con otra espiral de drama, llega Alex, el tipo gay mate muy mate de Liv; Nick entra en la locura de Franky; Matty se nos pierde; Rich se va, Rich vuelve; Matty volverá; Mini llorará… ¿Por qué cuento yo todo esto?


Todo esto, este tochazo insufrible que estoy soltando, es para situar el final de la temporada, de la tercera generación y de 'Skins'. Mini, embarazada de Alo y tras mil y un problemas frankianos, da a luz. Y nace Gracie, una nueva Gracie. Matty en la policía, arrestadísimo, y todos felices, todos comiendo perdices. El drama se torna en sonrisas (Mini), la noche se torna en día; y con un sol resplandeciente Franky abre las puertas del cuarto donde su madre la espera. Franky abre las puertas de su nueva vida.

Pero aquí, otra vez, ‘Skins’ nos mira. Nos mira directamente a los ojos. Esta vez es Rich, y nosotros somos su pseudo Gracie. Su fantasma, su amor y su Gran Hermano. Y con esos ojos encharcados pero resplandecientes, y con esa cara angelical que solo él podía tener, nos lo dice. Nos lo suelta de golpe: “Goodbye”. Y nos sonríe


Nos sonríe. Porque el viaje ha sido duro, durísimo. Pero nosotros hemos sido parte de sus vidas y les hemos robado un trozo. Tampoco vamos a pasarlo mal para luego irnos de vacío. 28 personajes extremos, difíciles y complicados; que por muy extremos, difíciles y complicados que fueran siempre tenían algo de nosotros. Por eso, y por esto, 'Skins' en especial.

No me voy a meter en fotografía, dirección, bso, etc, etc. Hablar por hablar, decir mucho para llegar a lo mismo: obra maestra. Esto es un homenaje, o un intento de. Solo voy a hablar de la despedida, de la nostalgia a partir de aquí y del hueco que dejan unos personajes que han significado tanto para algunos de nosotros. 

Y es que, qué forma más sencilla y bonita de despedirse de tantos años de alegrías y sufrimientos que una mirada, un gesto…

Qué forma más sencilla y bonita de despedirse que una sonrisa y un sincero “adiós”.


sábado, 24 de marzo de 2012

‘Suburgatory’, la sátira y el esperpento hechos serie


En primer lugar, perdón. Retomo esto meses después de la anterior entrada. Entre unas cosas (Universidad) y otras (vida social) no he tenido tiempo (o no lo he sabido buscar bien) para ponerme de nuevo a pasar la noche en el MacLarens. Pero aquí estoy (“here we are again!”); pasen y disfruten.

Vamos a lo que vamos. Ayer ABC anunciaba las renovaciones de sus series para la siguiente temporada. Ahí en el grupo estaban ‘Once Upon a Time’ (¡bien!), ‘Modern Family (¿alguien lo dudaba?), el culebrón de la temporada ‘Revenge’, y otras ya más veteranas como ‘Grey’s Anatomy’, ‘Castle’ o las fantásticas ‘The Middle y ‘Happy Endings’. Y además, la que para mí fue la mayor alegría, junto a OUAT: ‘Suburgatory’, renovada por una segunda temporada.


Cuál fue mi sorpresa cuando comencé a leer los comentarios, y ni una sola persona (ni una sola oigan) mencionaba a ‘Suburgatory’ o se alegraba por su renovación. Así que aquí me veo yo, reivindicando otra vez productos para convencer. Que sí, que molan, de verdad.

La serie nos cuenta la historia de George (mitiquísimo Jeremy Merton; Billy en ‘Six Feet Under’) y Tessa (la desconocida pero genial Jane Levy), padre soltero e hija, y su traslado desde Nueva York a los suburbios, cuando el padre encuentra un paquete de condones en el cuarto de la niña. El título, un “ingenioso” juego de palabras de esos que tanto les gustan a los responsables de estos productos, es mezcla de “Suburban” y “Purgatory” (¡clinc clinc clinc!). Y como no podía ser de otra forma, la serie es un enorme gag y una continua mofa a los barrios residenciales americanos, valiéndose siempre de la sátira y de las situaciones más esperpénticas.



Ahora es cuando todos pensamos: “Vaya premisa más estúpida”. Pues sí, y a eso juega la serie: a ser estúpida como pocas. Desde el primer capítulo nos damos cuenta, cuando las muchachas de Stepford (el barrio residencial a donde se mudan) caminan con el móvil y caen en la piscina, ya que no miran al frente y están todas entretenidas mandando sms a quién se yo.

Junto a Tessa (espectacular Tessa) están su mejor amiga Lissa (qué cara, qué actuación, qué de todo; hilarante) y la que podríamos llamar su antagonista, y el mejor personaje de la serie, Dalya Royce. Dalya se marca cada monólogo que puede tenerte 5 minutos riendo sin parar, y volverte a hacer reír recordándolo otra vez. A pesar de tener los mejores gags de ‘Suburgatory’, la rubia despampanante no aparece en exceso, y eso… eso está genial. Tenía miedo a un efecto ‘Sheldom’, en el que el personaje “guay” termina comiéndose la serie, y haciéndose al final cansino. Pero aquí el humor está tan cojonudamente repartido y espaciado que me levanto y aplaudo a los responsables (plas plas). Y bueno, sumad las tres "K" (quien la haya visto sabrá de lo que hablo) al cóctel Dalya y tenemos magia cómica.





La madre de Dalya, Dallas, es otro de los puntos fuertes del guión (impagable el momento divorcio dando volteretas por la casa), y su “romance” con George uno de los principales arcos argumentales.

Pero uno de los puntos fuertes de ‘Suburgatory’ es la gran pluralidad del reparto. Como prácticamente todas las comedias, tuvo una primera decena de capítulos de asentamiento y de encontrarse a sí misma, y volvió con su segunda mitad de temporada totalmente en forma. Ya había creado un universo propio, la serie lo sabía, y lo explotaba en cuanto podía. Las situaciones cada vez eran más locas y más surrealistas, y a ‘Suburgatory’ ya le daba igual llegar hasta los límites más altos de la estupidez: la mofa hacia los barrios residenciales de EEUU seguía ahí y ahora más presente que nunca.

A destacar todos los secundarios, geniales (quizás Noah, el dentista y “bro” de George es el único que me chirría un poco). Los padres de Lissa  (Sheila Shay y Fred Shay) son dos de los mejores personajes que ha dado la televisión esta temporada, tal cual; el hermano de la anterior sale pocas veces, pero también lo clava cuando aparece. No olvidarnos del director del instituto, esperpénticamente genial (cuando declara su homosexualidad, ¡booyah!)



A pesar de todo esto, la serie es de ABC, y el corte familiar siempre está ahí. Casi todos los capítulos terminan con padre e hija conversando sobre lo mucho que se quieren y sacan alguna moraleja (que sorprendentemente, parecen olvidar al siguiente capítulo). Pero la acidez de Tessa es todo un acierto. Es innegable su parecido con la Emma Stone de “Eassy A” (hasta le ha copiado el pelirrojo), pero eso, lejos de desagradarme, me encanta. Es un personaje con mucha fuerza y perfectamente interpretado, y si no tiene mención en los Emmy me enfadaré (otra vez) muy mucho con estos premios.

Otro de los grandes aciertos de la serie es su tratamiento y grabación. La pluralidad del reparto hace que a su vez exista una gran pluralidad en las historias, y los 20 minutos del capítulo a veces parecen 5 (no, no exagero). Y qué narices, que nos mola mucho ver una comedia sin risas enlatadas y reírnos a gusto. Yo, desde luego, desde Modern Family no disfrutaba así con una comedia.



La renovación era más o menos esperada. Aunque no haya sido un gran exitazo, la serie empezó bien (con más de 9 millones de espectadores) y se ha estabilizado en torno a los 7-8 millones, con buenos datos en demos. ABC ha sabido crear los miércoles un bloque muy bueno de comedias, y que siga así (por favor).

Las críticas también se han portado bastante bien con ella, y quiero, deseo, algún reconocimiento, por pequeño que sea, en los Emmy.



En España podemos disfrutar de ella en Cosmopolitan (¿por qué?) bajo el penoso título de “Fuera de Lugar”. Si te gusta la comedia estúpida, pero cuidada y bien guionizada (mejor actuada) no lo dudes, por favor, y échale un ojo. Los dos mejor.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Norias, apagones, comecocos y amenazas de muerte



No os descubro el mundo si os cuento la salida de anunciantes de “La Noria”, después de que el programa de Telecirco Telecinco emitiera una entrevista en directo a la madre de El Cuco, principal imputado en el caso ‘Marta del Castillo’. Día tras día han sido varios los publicistas que paulatinamente se iban bajando de la atracción de feria, bien por principios éticos (juas) o bien por intereses comerciales (¡bingo!).

El caso es que acabamos de conocer que, tras las salidas de Pronto y Paramount como anunciantes del programa, ‘La Noria’ está vacía. Este sábado se emitirá la próxima edición con Jordi González a la cabeza sin ningún patrocinador.

Por cierto, Jordi intenta defenderse hablando de libertad de expresión y de buen periodismo. Con afirmaciones tales como "La audiencia solamente ha notado esta semana que no ha tenido tiempo para ir a hacer pipí", el presentador se ha ganado el asco  la enemistad de miles de españoles.

Mientras la cadena se plantea seriamente si cancelar o no ‘La Noria’ (solo está confirmada la emisión de este sábado), se ha convocado un apagón de Telecinco durante todo el día de hoy (y el de ayer) a modo de protesta por la ya citada entrevista. ¡Qué chulo!, ¿no?



Pasamos ahora a hablar del que probablemente sea el programa menos interesante y el más soso (a priori) de todo el panorama televisivo mundial. Sí, noctámbulos, estoy hablando de ‘El Comecocos’. ¿Que no sabes qué es? No pasa nada, yo te lo explico. Se trata de un concurso de oratoria que va a emitir Cuatro en los próximos meses, en el que varios concursantes deberán luchar por conseguir ser el mejor orador y dar el discurso más convincente. Con Mercedes Milá a la cabeza, quien tan pronto se pone a perseguir nazis como a darse hostiones con las cámaras de los platós de televisión, el formato parece perfecto para la hora de la siesta, que de hecho se prevé que sea su horario de emisión. Españoles, los Documentales de La 2 son historia. Llega ‘El Comecocos’.

Y entre tanto ajetreo televisivo, una última anécdota. No es otra que las amenazas de muerte que ha recibido Eva Hache por parte de un twittero ‘toh loco’. El tipo en cuestión, @Pelayo_Gil (no lo busquéis, que ya no existe. Pillines) soltaba algunas simpáticas y amables frases como:



Ante tales declaraciones de amor tan gratuitas, Eva Hache se vio obligada a denunciar el hecho, y ha confirmado a través de su cuenta en Twitter que “ya está en las manos de los que  tienen manos”

Lo único que podemos afirmar es que el mundo está loco. Y como hemos venido, nos despedimos. Cheers

miércoles, 2 de noviembre de 2011

AHS: a Ryan Murphy se le termina de ir la olla


Sí. Se le ha ido pero bien. Y lo que nos gusta…



Hace menos de un mes empezaba en FX, la filial de cable de FOX, el que ya es (junto a ‘Once Upon a Time’ y ‘Homeland’) el estreno en mayúsculas del año: American Horror Story. Hace no mucho hablaba de ella y de las ganas que tenía de hincarle el diente. Y qué bien, qué bien me ha sentado el bocado.

Hasta la fecha llevamos cuatro capítulos, cada uno más adictivo que el anterior. Con un efecto parecido al de ‘True Blood’ (en sus inicios, esos en los que Sookie no era hostiable y no había ganas de matar a Tara), los 40 minutos de cada semana se hacen tremendamente disfrutables. Mucha sangre, algún susto, muchos tópicos de las más famosas películas de terror, sexo, morbo, misterio… y ese no sé qué; ese no sé qué con el que Ryan Murphy impregna todo lo que toca, hacen de AHS una de las series más adictivas de los últimos años (que sí, que engancha como ninguna).



Ahora bien, este proyecto me da miedo. Miedo porque hace poco se anunció que la serie había sido renovada para una segunda temporada (normal, lo está petando en audiencias). Eso quiere decir dos cosas: o que alargan la historia de los Harmon hasta que nos aburramos (llevamos 4 capítulos que dan para una temporada de serie convencional) o que cambian el elenco por completo, y nos presentan a una nueva familia. La segunda opción sería la más factible, teniendo en cuenta el destino que corren todos los que viven allí. Esto tendría el problema del ‘cambio generacional’ (algo que Murphy ya planea hacer en ‘Glee’), y no nos engañemos: esto no es ‘Skins’, y el reparto actual es cojonudo e insuperable (que sí, que es insuperable).

Por otro lado, miedo por el propio Ryan Murphy. El padre de ‘Nip/Tuck’ o ‘Glee’ tiene ideas cojonudas y una mente bastante raruna a la par que efectiva, y todo lo que toca nace ya con un pan (y unos cuantos millones de fans) debajo del brazo. El problema es que todos sus proyectos se van desinflando: le pasó a ‘Nip/Tuck’ y le está pasando a ‘Glee’, serie que tuvo uno de los mejores inicios que se recuerdan en una serie, con un toque gamberro y loco impresionante, y que ahora se ha vuelto un bodrio sentimentaloide infumable (aunque ahora parece que vuelve algún retazo de genialidad)

Aún así, tengo esperanzas puestas en AHS y en que no corra la misma suerte. Parece que por fin todo está hilado y todo va a tener sentido. Y si realmente Ryan Murphy la caga, yo la cagaré con él, y me tragaré la historia de los Harmon hasta el final.



 Meternos en la casa del doctor Frankenstein contemporáneo ha sido lo mejor que podríamos haber hecho

lunes, 24 de octubre de 2011

Festival de Series 2011 (I): discurso de Álex de la Iglesia




El pasado jueves día 20 tuvo lugar el acto inaugural de la III Edición del Festival de Series de Canal + en el Cinesa Producciones de Madrid. El acto, que comenzó a las 19 horas, estuvo protagonizado por Robert Kirkman, padre de 'The Waking Dead', quien pudo estar presente gracias a una videoconferencia realizada desde Los Ángeles. Como representación española tuvimos a Álex de la Iglesia y a Antonio Muñoz de Mesa, además de la encargada del blog del festival, quien con un más que correcto inglés realizaba las preguntas a Kirkman. 



Él, aunque no de cuerpo presente, estuvo espléndido y simpático, y toda la sala quedó encantada con el resultado final. Cero problemas técnicos y cero complicaciones que, sumado al desparpajo del estadounidense, dieron como resultado una apertura excelente para el festival.

Posteriormente, Álex de la Iglesia se quedó solo en el escenario para leer un discurso sobre el mundo de las series en general y 'The Walking Dead' en particular. Te puede caer peor o mejor, pero lo cierto es que aquí el tío estuvo genial. Nada faltó y nada sobró en sus palabras, que terminaron con una fuerte ovación del público allí presente. También es verdad que poco pintaba un director de cine en este festival, y que su charla fue más encaminada a una crítica a la industria que a hablar sobre el fenómeno televisivo de las series. Aún así, vuelvo a decir que estuvo más que acertado. A continuación, os dejo el discurso que dio el pistoletazo de salida a esos cuatro días mágicos que todos los amantes de las series vivimos en Madrid:


"Tengo un problema. Me dedico al cine, pero como espectador prefiero las sieres. Estamos aquí para hablar de una serie de zombies, y no sobre películas de zombies a las que estábamos hasta ahora tediosamente acostumbrados. Obviamente esto no es solo cosa de Kirkman o Frank Darabont. Esto es un fenómeno que trasciende, pero que ‘The Walking Dead’ ejemplifica de manera magistral.

En primer lugar, el mundo del cine está dominado no por los criterios de un estudio, o los de un director o productor o guionista o por los intereses del público, como podría parecer natural. La industria, desde hace tiempo, está fundamentalmente dirigida por abogados. Grandes empresas de representación como ‘ACM’ o ‘William Morris’ son los que ponen en marcha en su origen los proyectos cinematográficos. Las películas se construyen, la mayoría de las veces, a través de las necesidades de una compañía que representa a un actor. Sus abogados buscan proyectos específicos para su representado y ponen de acuerdo a guionistas para que trabajen en su desarrollo. Un actor y su productor ejecutivo pueden llegar a tener doce o quince proyectos en desarrollo, de los que solo uno verá la luz. Esto he tenido oportunidad de comprobarlo personalmente.

Son los abogados los que eligen los guiones. Son los abogados los que generan paquetes donde el guionista, el director, se convierten en piezas que encajan en el puzzle de la producción. Las decisiones que se toman a cerca de qué historia contar y cómo contarla se establecen a través de un estudio de mercado. Y, ¿cuáles son las necesidades de ese mercado?

Los criterios artísticos y creativos, que sería lo normal, dan paso a las valoraciones económicas de viabilidad. Un proyecto necesita triunfar en taquilla, por lo menos en cine, y para ellos cumplir una serie de requisitos.

Primero: intentar no contar nada nuevo, sino precisamente repetir más de lo mismo. No es rentable arriesgar el presupuesto de una producción sobre un material del que no se tienen referencias. No se puede sorprender al espectador con algo que le confunda, por lo que es recomendable que ya lo haya visto anteriormente. El espectador debe encontrarse con lo mismo diferenciado. Es decir, la misma ensalada pero con diferente salsa. De ahí el interés por los remakes que actualmente pueblan los cines. Los abogados buscan reproducir una y otra vez la misma película, pero con otros actores o con una distinta puesta en escena.

El género fantástico es en el que en mayor medida se sufre este proceso de involución. Las mismas películas de zombies así lo demuestran: George A. Romero, como un zombie, ha sido resucitado, asesinado y vuelto a la vida docenas de veces.

El segundo punto esencial es intentar no molestar a nadie, que el abanico del público sea lo más amplio posible. De ahí que en producciones de alto presupuesto los guiones sean tan planos y previsibles. La película tiene que gustar a los adolescentes en primer lugar, que son los que más acuden a las salas. Después tiene que gustar a los niños, y no ofender a los padres, porque no les llevarán al cine. Por último, tiene que apoyar los valores establecidos: la familia es la clave. Todo el cine que produco Hollywood es básicamente ‘Disney': familiar, bien intencionado y moralmente impoluto. No es una decisión política, es exclusivamente económica.

 Digerido todo esto el público se enfrenta los fines de semana a productos de consumo que se olvidan al día siguiente. Las películas se queman el primer fin de semana. A los abogados, que no trabajan en el cine como creadores, esto les importa bien poco. Si los técnicos y los artistas ‘palman’ en películas de usar y tirar no es su problema, siempre habrá nuevos actores, guionistas y realizadores que ocuparán su puesto. Y, ¿qué dice el espectador de todo esto?¿Qué decís vosotros a cerca de todo esto?

Muchos no lo sabéis, mucho no lo saben, a otros no les importa: aceptan el juego porque no han sido educados para jugar a otra cosa. Pero afortunadamente no todos, sobre todo ahora. Creo que el éxito de las series precisamente proviene de esta sensación de hartazgo. Yo creo que se ha sobrevalorado al espectador. Actualmente hay un público visualmente muy informado, culto en imagen, difícil de engañar. Es posible que la cultura ya no se identifique exclusivamente con la literatura. Hay gente muy culta visualmente. Quizás no haya leído ‘La Celestina’ o ‘El Arcipestre de Hita’ pero sí ha visto toda la filmografía de Wes Craven, por ejemplo, y esto es importante.

Yo creo que este público busca otro tipo de contenido, está también harto del mainstream. Os pasa a vosotros y me pasa a mí como espectador. Solo en ciertos canales de televisión se dan las condiciones necesarias para poder ofrecer algo distinto.

La televisión por cable tiene un mercado más cerrado que permite arriesgar mucho más. Los productores ejecutivos de las series de televisión buscan precisamente diferenciarse para competir con productos cinematográficos que manejan un presupuesto mayor. La cuestión es esa, ofrecer algo que el cine ha olvidado hace ya mucho tiempo: un producto inteligente.

¿Cómo se ha producido el milagro? Para mí el milagro se produce en HBO y se llama ‘Los Soprano’. Es el momento en el que todo casca. Alguien hace algo muy bueno, moralmente inaceptable, con personajes corruptos, con personajes malos. Lo peor de todo: malos, corruptos pero los comprendes y los quieres. HBO enciende la mecha de la explosión que romperá los moldes anquilosados de la televisión tradicional. Esa explosión destroza los esquemas de producción habituales desde su origen.

En primer lugar, las historias van dirigidas a un público adulto, cosa que ya es de flipar. Yo creo que la primera sensación de que algo iba mal la tuve con la segunda trilogía de Star Wars, ¿no? Un público adulto sin concesiones a la familia, a los sentimientos fáciles o a la corrección política. Eso es nuevo y, claro, lo nuevo gusta.

Los finales no son previsibles, son extraños y desagradables. El público comienza sorprendiéndose, luego fascinándose, para después engancharse. En un episodio todo puede cambiar, porque la estructura narrativa de una serie, a diferencia de un largo, lo permite. En una serie no hay un arco que mantener. Los personajes, las tramas, pueden desaparecer y morir. Eso sí, manteniendo siempre una consistencia y una solidez del conjunto. Esto es lo que nos dice que la serie mola.

El público se enfrenta por fin a productos inclasificables donde los personajes puede que no actúen como uno se espera, cosa que ya no sucede en ninguna película. Lo único que nos sorprende es la forma en la que ocurre. Aquí los guionistas se estrujan el cerebro para sorprender, atado siempre a las necesidades de una coherencia unitaria global necesaria para que el público no pierda interés y se desenganche. Las series tienen ahora más que ver con la novela decimonónica por entregas, Dickensiana, que con el esquema de narración clásico habitual.

Ahora tenemos la oportunidad de disfrutar de algo único: una serie de zombies. FOX ha tenido la valentía de apostar por un producto en el que los zombies pierden cabezas, y además de verdad, en prime time. La sangre salpica. Lo curioso es que eso es lo de menos. Lo fuerte de la serie es lo bien que están desarrollados sus personajes. En sus relaciones, en contar su historia, su día a día rodeados de una realidad de pesadilla.

Los protagonistas son empujados a vivir en una comunidad de vecinos muy desagradable. Una comunidad de vecinos aburridos y lentos, que no hablan ni sienten, que solo quieren chuparte la sangre y amargarte la existencia.

Es una serie de zombies… ¿o es un drama sobre la vida de cualquiera de nosotros que estamos aquí en esta sala? ¿no os sentís así? ¿por qué nadie reacciona? ¿por qué todo el mundo se mueve en rebaños como los muertos vivientes de Atlanta? ¿no os sentís rodeados de zombies? ¿no creéis que sería mucho mejor si nos enfrentáramos a ellos?

¿No echáis de menos una recortada en las manos? Esto lo dejo ya a nivel de debate"